R e c u e r d o s   de   una   c o e t á n e a

1 8 6 3  -  1 9 6 5

 

      Ante todo quiero decirles que no quisiera cansarles. Sé que esta revista no es el lugar idóneo para lo que voy a contar -soy una persona instruida-, pero yo vine a parar aquí porque busqué en Google la palabra «espiritualidad»  -lo hago todos los viernes, de madrugada-,  y esa búsqueda me llevó hasta la peculiar portada del El Pasajero, con esa especie de santón indio caminando por la Castellana que parece don Ramón. Después de leer en su revista todos y cada uno de los artículos publicados en ella, y al entender que les mueve, sobre todo, un afán por conocer la obra de Valle-Inclán, no pude menos que enviarles un extracto de las páginas del diario de mi abuela: María Ana Antonia de Puebla del Caramiñal, que nació en 1863 y murió en 1965, con 102 años. Al leerlo, entenderán por qué creo que puede ser interesante para ustedes. En cualquier caso, para mí fue un placer tratar con mi abuela y sólo cabe decir que disfruto del mismo don con que la naturaleza la cubrió.

 

      Soy un mujer solitaria. Quizá por eso suelo deambular por la ciudad, perdidamente, sin dirección alguna. Cuando llega el viernes oigo cómo mis compañeros de trabajo preparan sus fines de semana y veo sus caras alegres dirigirse a la salida del Ayuntamiento con una luminosa aura de felicidad en su rostro. Tengo esa... pongámosle cualidad: veo las auras. Cuando era pequeña no le daba importancia alguna. Al fin y al cabo, en mi inocencia, yo creía que las cosas eran así, que la gente era así: con un aura circundando sus cabezas, y que todos éramos capaces de distinguirla. Yo podía saber qué estado de ánimo traía la maestra cada día con tan sólo mirarla. Si traía un aura verde era mejor no incordiarla esa mañana. Fue un lento aprendizaje, el de los colores. Pero, en cambio, no tardé demasiado en darme cuenta de que era mejor no mencionar nada de esa curiosidad de mi... talento. La primera vez que lo intenté resultó catastrófico. Fue con don Miguel, el cura de mi pueblo, Puebla del Caramiñal, la tarde en que llegó un pequeño pelotón de carlistas capitaneados por un excéntrico militar, alto como el faro de La Espigona y con su bigotito goteante de aceite fijador. Yo sólo tenía seis años, pero en esa época, a los seis años, las niñas ya trabajábamos aquí y allá, echando una mano en lo que pudiéramos. Mi labor consistía en mantener limpias todas las estancias privadas de nuestro párroco y por eso solía estar cerca de él. Don Miguel era una persona muy buena. Él sí me enseñó a leer, y no mi maestra. Sabía que mi padre estaba en el monte, con el ejército leal al gobierno, o a la reina, o a don Carlos, no lo sé. Y sabía que mi madre necesitaba alguna ayuda para sacarnos adelante a mis hermanos y a mí. Ese día, el día en que murió don Miguel, yo había estado con él, agarrada a su sotana, viendo cómo entraba en el pueblo esa tropa de gardulos con una nube llena de polvo en sus uniformes. Al aviso de su llegada se armó un alboroto. La gente corrió hacia sus casas y el pueblo quedó vacío. Parecía que allí no viviera nadie.  «Don Miguel  -le dije-,  ¿quién es ése de la luz roja centelleante?». Él me miró, con la cara desencajada: «¿Qué luz roja centelleante, niña?». Yo levanté mi cara hacia él, y añadí: «Ese señor, el que va a caballo, el del destello púrpura, quién es?

      Durante muchos años pensé que don Miguel había ido a hablar con el capitán del bigote brillante para contestar a mi pregunta. Desde la fuente, cegada por el sol y jugueteando con mis pies en el agua, vi cómo hablaban. Don Miguel parecía enfadado y levantaba muchas veces los brazos en dirección al monte, como si quisiera echarlos del pueblo y enviarlos allí. El capitán lo escuchaba desde el caballo, muy serio. Entonces dio una orden a sus hombres. Don Miguel retrocedió unos pasos y el capitán, con su bigote brillando y su aurea roja encendiéndose cada vez más, sacó la pistola de su cinto, apuntó a la cabeza del párroco... y se la reventó.

      Soy una mujer solitaria. Cada viernes, cuando salgo del Ayuntamiento, vuelvo a casa sin apenas levantar la mirada, para no ver el color de vuestro ánimo.

      Al cabo de tres años, en 1872, el hermano de mi madre consiguió hacer funcionar el molino y las cosas empezaron a mejorar. Comíamos dos veces al día, en la mesa, todos juntos. Incluso a veces invitábamos a algún vecino. Mi padre no regresó nunca, desapareció. Y yo no había vuelto a hablar a nadie de esas auras que veía y que consideraba culpables de la muerte de don Miguel. La segunda vez que hablé de ellas, sin embargo, me di cuenta de que era un don que no podía malgastar. Una tarde de primavera salí de casa para dar un paseo hasta el río. Solía hacerlo a menudo y casi siempre vagaba sin rumbo, hasta que me sorprendía el atardecer. Esa tarde llegué hasta las ruinas del pazo de Nepomuceno y me senté en una cisterna partida, donde un recodo del río formaba una pequeña balsa de aguas tranquilas y oscuras... Cuando llevaba allí un par de horas -recuerdo perfectamente ese momento-, me llegó del río una especie de canto sobrenatural. Era algo parecido a una coplilla de ciego, pero cantada de tal forma que parecía interpretada por un ángel... Si no fuera porque... porque ese ángel ceceaba. Sí, por eso escribo esta... carta. Me incorporé, y lo hice tan rápido que por un instante la sangre me cubrió la mirada. Cuando al cabo de unos segundos mis ojos se recobraron, vi a un niño que me miraba, extasiado, desde lo alto de un bote que se mantenía a flote como por milagro. Alrededor de su rostro un color azul, cálido e intenso, me deslumbró una vez más durante un breve instante. «Hola -me dijo-, ¿cómo te llamas?». Al contestarle que mi nombre era María Ana Antonia se quedó embobado, mirándome. Luego acercó su barca hasta la orilla y me dijo que él se llamaba Miguel -me mintió, fue la primera de una larga sarta de mentiras que iría hilvanando aquella tarde- y que vivía en Vilanova de Arousa, pero que él había nacido en la ría porque estaba destinado a «grandes hazañas». Cuando entendí que un niño que apenas levantaba dos palmos del suelo me soltaba tal explicación, no pude reprimir una sonora carcajada. Él me miró, muy serio. Permaneció en silencio durante un breve lapso de tiempo que a mí me pareció una eternidad... y entonces ocurrió. Sin bajar de la barca, como si fuera un verdadero marinero con la pata sobre la proa de su bergantín, dijo: «tú debes saberlo, por eso he venido hasta aquí. Quiero que me digas si voy a ser un gran soldado en las Américas, un héroe militar o si tendré que estudiar latín para hablar a la gente de las cosas que no pueden comprender. Tú estás aquí para eso, ¿o acaso es todo fruto de mi imaginación?».

     Por aquel entonces yo apenas sabía expresarme. ¡Tenía nueve años! Y ese mocoso me estaba soltando una perorata espléndida, como si fuera no sólo un adulto, sino un adulto sabio. Le miré, súbitamente seria, y le seguí el juego rompiendo mi íntima promesa. «Ya que lo sabes todo de mí, no puedo ocultarte lo que veo. Tú rostro está rodeado por una aureola celeste, lo que me indica que estás lejos de ser un militar. Tampoco creo que vayas a ser cura... quizá no puedas ser nada de lo que ansías. Quizá tu imaginación vuele demasiado rápido y muy pocos, sólo unos cuantos elegidos, puedan llegar a disfrutar de tu grandeza. Eso no será agradable... Sí, veo en tu mirada el fulgor de la vida y eso parece... un aviso». Yo intentaba hablar como lo haría un personaje de las leyendas románticas que nos leía la maestra cuando no sabía qué enseñarnos. «Leyendas románticas», así las llamaba. «¿Sabes que puedo ver más allá de las cosas? ¿Que puedo leer en el alma de los hombres?». Yo jugaba con él, esperaba asustarlo. Pero él no retrocedió. Cogió su vara de bogar, la puso ante él, como si fuera el cayado de un peregrino, y dijo muy suavemente: «Lo sé. Te estaba buscando. Sabía que te conocería antes de cumplir los siete años. Hoy he salido de casa sabiendo que era el día. Esta noche los ruidos no eran como los de todas las noches. Todo eran augurios, las ráfagas del viento recio, ¡el gato que runfla!, la puerta que cruje, la gotera glo-glo-glo. Bajo las estrellas de esta noche se alzó mi fortuna. Hoy voy en busca de ella. Me meteré en un barco, en busca de ese camino que he de dibujar».

      Señores, ¿qué podía decir? Su imaginación iba aún más lejos que la mía. Le sonreí. Sonreí durante un largo rato. Quieta, callada. Toda la naturaleza parecía acompañarlo. El cauce se había detenido. Las hojas de los árboles dejaron de mecerse. La brisa despareció. Sí. El azul. Aquel día comprendí por qué nunca hasta entonces lo había visto en ningún rostro. Aquel azul celeste...

      Él cogió su vara sin dejar de mirarme y, cuando ya bogaba río arriba, me gritó, misteriosamente: «He entendido tu respuesta, pero no sé si me gusta. Quizá vaya contra mi propio destino... ¡Y sea un héroe de las Antillas!». Me quedé viendo cómo ascendía por el río, la brisa volvió a mecerse en las hojas, el cauce reanudó su tintineo acuático...
      Soy una mujer solitaria... Veo las auras.
 

María Ana Antonia, Puebla del Caramiñal, 9 de enero de 1936