El Ateneo Virtual
(Foro de debate)

   La nueva mística de nuestro Fin de Siglo

Carta enviada por una navegante a la redacción de «Elpasajero» el 1 de febrero del año 2001
 


 


    El otro día, muy temprano, me dirigía al trabajo con la radio puesta cuando oí un anuncio que llamó mi atención. Por un momento llegué a creer que se trataba de una parodia, de uno de esos gags típicos del medio que tanto agradecemos los sufridos oyentes. Enseguida vi que no se trataba de ninguna broma. Era un anuncio verdadero, con ese mismo aire anticuado de todos los anuncios radiofónicos pero centrado en un producto de características novedosas, casi podríamos decir revolucionarias. Ahora no recuerdo si la voz que lo radiaba era femenina o masculina, el hecho es que se anunciaba un gimnasio y que el meollo del texto decía algo así: «Nuestro gimnasio no sólo te garantiza firmeza muscular o una piel tersa, porque sabemos que para ti también es importante la relajación. En nuestras instalaciones te ofrecemos las últimas técnicas de relajación, para que puedas reestructurar tu personalidad y alcanzar la armonía». 

    Desde luego, no he transcrito con fidelidad notarial aquel mensaje sugestivo, y con toda seguridad me dejo soberbios sintagmas del tipo «autoafirmación personal», «equilibrio interior», «autodominio consciente» y otras lindezas propias de esos recetarios de espiritualidad que tan de moda están en nuestra triste Europa. El norte de América, saturado de bienestar material y de corrección política, fue el primero en girar los ojos hacia Oriente, y en las ancestrales fuentes de aquellas religiones quiso llenar su propio carrito de supermercado espiritual. Como no podía ser de otro modo, el yanki obtuvo de tan venerables orígenes una versión enlatada, liofilizada y supervitaminada. Y, de igual forma que el yanki se va de vacaciones a «Europa» y se queda tan ancho tras haber pisado Montmartre, la torre de Londres y la plaza de toros de la Maestranza, así operó también en cuestiones del espíritu: parió un mega-mix ecuménico de budismo, hinduismo y paletismo, y lo aliñó con unas cuantas prácticas sensuales, porque el buen norteamericano necesita «hacer» para «ser» como el buen racionalista precisa «ver» para «creer». 

    Así se importaron en alegre batiburrillo terapias y objetos de culto, desde el sándalo y la dieta vegetariana, viejos conocidos del mayo del 68, hasta molinillos mántricos, pulseritas multicolores y un auténtico Kamasutra de la relajación que incluía el yoga, el tai-chi, la aromaterapia y, si me apuráis, la genuflexión heurística. En todo caso, como ya se ha apuntado, el yanki es un ser eminentemente pragmático, y hubo ojos avisados que se apresuraron a explotar esa polifacética industria del espíritu: así surgieron las camisetas del Dalai Lama, las alguitas milagrosas a 5.000 el kilo y los cursos del tipo «Practica el yoga en casa con Jane Fonda y en quince días rescatarás tu estresado yo de las profundidades abisales en que se halla recluido». 

    En fin, para qué deciros. Pronto Europa advirtió, con amargura, que una vez más los USA se habían adelantado en el negocio, y como el euro andaba de capa caída, nuestros altos directivos se apresuraron a invertir en esa mina del espíritu que tanta rentabilidad prometía. Como no teníamos a Richard Gere ni a rutilantes top-models para la representación comercial, tuvimos que conformarnos con embajadoras tipo Penélope Cruz, que ya había hecho sus pinitos místicos de la mano de su arrebatado ex-novio. Naturalmente, la industria se adaptó a las leyes del marketing, y así se originó una doble vía de consumo: una, más divulgativa y cerril, para las clases populares, que accedieron a esa vasta espiritualidad a través de magazines dominicales y terapias por fascículos; y otra, para la gente rica y refinada, que apretó el acelerador de su todoterreno hacia gimnasios y cursillos intensivos ad hoc, en donde se servían en bandeja de plata concentrados espirituales para todos los gustos y túnicas sedosas dignas del Armani más austero. Así, el ejecutivo que penaba sus días entre la bolsa y la hipoteca se consolaba al llegar el fin de semana en las dulces aguas del relax asiático, convencido de hallar en los sonidos vocálicos la voz esencial del cosmos. Pero como los ataques de ansiedad reaparecían de improviso con insultante contumacia, fue preciso recurrir a unos cuantos curanderos clásicos, cuyos métodos quirománticos aconsejaban evitar los mundanales excesos y el IVA en las facturas.

    Y, desde luego, el lenguaje. El más inocente empresario conoce las virtudes mágicas de la palabra, de manera que éste fue un terreno mimado y renovado hasta la saciedad. Surgió así el eminente léxico espiritualista, que transformó el áureo «conócete a ti mismo» socrático en bodrios de dudosa gramática como «autoafirmación» o «autodominio», y que no tuvo empacho en importar lingas, grupas, jibas y otras kama rupas hasta llegar al decimocuarto chacra, donde consideró prudente echar el freno y saborear los suaves acentos del nirvana. En pro del caro tiempo del ejecutivo alternativo, cuya capacidad de estudio no da para muchos añitos ni demasiadas renuncias, se forjó la Gran Enciclopedia de las Técnicas de la Relajación, auténtico vademécum que hubiera hecho las delicias de Borges. Y el verbo hizo al hombre, y así fue como el tiburón anglófilo que se entregaba a los turbios manejos del dólar, el leasing y las OPAS hostiles, pudo redimirse de su sucio materialismo y purificarse en las claras aguas de una exótica santidad. 

    Porque —según expresión de moda entre iniciados— no nos engañemos. Aquí quien se gasta la pasta no son las clases populares, que bastante tienen con el tarot callejero y la lotería y cuyas incursiones en lo místico no van más allá de las perlitas made in Taiwan y las llamadas telefónicas al Rappel de turno. Aquí las gentes de a pie alimentan su plan de pensiones o las letras atrasadas del piso, y no se plantean invertir en nuevos valores por más que se les garantice la salvación espiritual. No, el negocio no está ahí, cuando menos el negocio del alma. El negocio está en el ejecutivo agresivo-alternativo, en la maruja acaudalada, en el actor forrado, en el profesional guitoso, en todos aquellos que, desengañados de la coca y el psicoanálisis, no sabían qué hacer con sus ansiedades, sus úlceras y sus pedos Vega Sicilia, y estaban dispuestos a vender su alma a Siddhartha con tal de encontrar un sentido a sus existencias y a sus excedentes. 

    Hace ahora un siglo un grupo de gentes curiosas, entre las que se contaba Valle-Inclán, anduvieron fisgoneando por el vasto mundo de la espiritualidad oriental. No eran los primeros que volvían el rostro hacia culturas arcanas y milenarias, pero sí coincidían con nuestra época en esa búsqueda de trascendencia en un contexto dominado por los valores racionales y positivos. De aquella búsqueda surgieron las páginas valleinclanianas de La lámpara maravillosa y otros frutos del espíritu igualmente delicados y eternos. ¿Qué vómito salvífico, qué insustancial banalidad nos legará la nueva mística de nuestro final de siglo? 
 

                                                                                                                                Fer
Volver