El otro día, muy temprano, me dirigía
al trabajo con la radio puesta cuando oí un anuncio que llamó
mi atención. Por un momento llegué a creer que se trataba
de una parodia, de uno de esos gags típicos del medio que tanto
agradecemos los sufridos oyentes. Enseguida vi que no se trataba de ninguna
broma. Era un anuncio verdadero, con ese mismo aire anticuado de todos
los anuncios radiofónicos pero centrado en un producto de características
novedosas, casi podríamos decir revolucionarias. Ahora no recuerdo
si la voz que lo radiaba era femenina o masculina, el hecho es que se anunciaba
un gimnasio y que el meollo del texto decía algo así: «Nuestro
gimnasio no sólo te garantiza firmeza muscular o una piel tersa,
porque sabemos que para ti también es importante la relajación.
En nuestras instalaciones te ofrecemos las últimas técnicas
de relajación, para que puedas reestructurar tu personalidad y alcanzar
la armonía».
Desde luego, no he transcrito con fidelidad notarial
aquel mensaje sugestivo, y con toda seguridad me dejo soberbios sintagmas
del tipo «autoafirmación personal», «equilibrio
interior», «autodominio consciente» y otras lindezas
propias de esos recetarios de espiritualidad que tan de moda están
en nuestra triste Europa. El norte de América, saturado de bienestar
material y de corrección política, fue el primero en girar
los ojos hacia Oriente, y en las ancestrales fuentes de aquellas religiones
quiso llenar su propio carrito de supermercado espiritual. Como no podía
ser de otro modo, el yanki obtuvo de tan venerables orígenes una
versión enlatada, liofilizada y supervitaminada. Y, de igual forma
que el yanki se va de vacaciones a «Europa» y se queda tan
ancho tras haber pisado Montmartre, la torre de Londres y la plaza de toros
de la Maestranza, así operó también en cuestiones
del espíritu: parió un mega-mix ecuménico de budismo,
hinduismo y paletismo, y lo aliñó con unas cuantas prácticas
sensuales, porque el buen norteamericano necesita «hacer» para
«ser» como el buen racionalista precisa «ver» para
«creer».
Así se importaron en alegre batiburrillo terapias
y objetos de culto, desde el sándalo y la dieta vegetariana, viejos
conocidos del mayo del 68, hasta molinillos mántricos, pulseritas
multicolores y un auténtico Kamasutra de la relajación que
incluía el yoga, el tai-chi, la aromaterapia y, si me apuráis,
la genuflexión heurística. En todo caso, como ya se ha apuntado,
el yanki es un ser eminentemente pragmático, y hubo ojos avisados
que se apresuraron a explotar esa polifacética industria del espíritu:
así surgieron las camisetas del Dalai Lama, las alguitas milagrosas
a 5.000 el kilo y los cursos del tipo «Practica el yoga en casa con
Jane Fonda y en quince días rescatarás tu estresado yo de
las profundidades abisales en que se halla recluido».
En fin, para qué deciros. Pronto Europa advirtió,
con amargura, que una vez más los USA se habían adelantado
en el negocio, y como el euro andaba de capa caída, nuestros altos
directivos se apresuraron a invertir en esa mina del espíritu que
tanta rentabilidad prometía. Como no teníamos a Richard Gere
ni a rutilantes top-models para la representación comercial, tuvimos
que conformarnos con embajadoras tipo Penélope Cruz, que ya había
hecho sus pinitos místicos de la mano de su arrebatado ex-novio.
Naturalmente, la industria se adaptó a las leyes del marketing,
y así se originó una doble vía de consumo: una, más
divulgativa y cerril, para las clases populares, que accedieron a esa vasta
espiritualidad a través de magazines dominicales y terapias por
fascículos; y otra, para la gente rica y refinada, que apretó
el acelerador de su todoterreno hacia gimnasios y cursillos intensivos
ad
hoc, en donde se servían en bandeja de plata concentrados espirituales
para todos los gustos y túnicas sedosas dignas del Armani más
austero. Así, el ejecutivo que penaba sus días entre la bolsa
y la hipoteca se consolaba al llegar el fin de semana en las dulces aguas
del relax asiático, convencido de hallar en los sonidos vocálicos
la voz esencial del cosmos. Pero como los ataques de ansiedad reaparecían
de improviso con insultante contumacia, fue preciso recurrir a unos cuantos
curanderos clásicos, cuyos métodos quirománticos aconsejaban
evitar los mundanales excesos y el IVA en las facturas.
Y, desde luego, el lenguaje. El más inocente
empresario conoce las virtudes mágicas de la palabra, de manera
que éste fue un terreno mimado y renovado hasta la saciedad. Surgió
así el eminente léxico espiritualista, que transformó
el áureo «conócete a ti mismo» socrático
en bodrios de dudosa gramática como «autoafirmación»
o «autodominio», y que no tuvo empacho en importar lingas,
grupas, jibas y otras kama rupas hasta llegar al decimocuarto chacra, donde
consideró prudente echar el freno y saborear los suaves acentos
del nirvana. En pro del caro tiempo del ejecutivo alternativo, cuya capacidad
de estudio no da para muchos añitos ni demasiadas renuncias, se
forjó la Gran Enciclopedia de las Técnicas de la Relajación,
auténtico vademécum que hubiera hecho las delicias de Borges.
Y el verbo hizo al hombre, y así fue como el tiburón anglófilo
que se entregaba a los turbios manejos del dólar, el leasing
y las OPAS hostiles, pudo redimirse de su sucio materialismo y purificarse
en las claras aguas de una exótica santidad.
Porque —según expresión de moda entre
iniciados— no nos engañemos. Aquí quien se gasta la pasta
no son las clases populares, que bastante tienen con el tarot callejero
y la lotería y cuyas incursiones en lo místico no van más
allá de las perlitas made in Taiwan y las llamadas telefónicas
al Rappel de turno. Aquí las gentes de a pie alimentan su plan de
pensiones o las letras atrasadas del piso, y no se plantean invertir en
nuevos valores por más que se les garantice la salvación
espiritual. No, el negocio no está ahí, cuando menos el negocio
del alma. El negocio está en el ejecutivo agresivo-alternativo,
en la maruja acaudalada, en el actor forrado, en el profesional guitoso,
en todos aquellos que, desengañados de la coca y el psicoanálisis,
no sabían qué hacer con sus ansiedades, sus úlceras
y sus pedos Vega Sicilia, y estaban dispuestos a vender su alma a Siddhartha
con tal de encontrar un sentido a sus existencias y a sus excedentes.
Hace ahora un siglo un grupo de gentes curiosas,
entre las que se contaba Valle-Inclán, anduvieron fisgoneando por
el vasto mundo de la espiritualidad oriental. No eran los primeros que
volvían el rostro hacia culturas arcanas y milenarias, pero sí
coincidían con nuestra época en esa búsqueda de trascendencia
en un contexto dominado por los valores racionales y positivos. De aquella
búsqueda surgieron las páginas valleinclanianas de La
lámpara maravillosa y otros frutos del espíritu igualmente
delicados y eternos. ¿Qué vómito salvífico,
qué insustancial banalidad nos legará la nueva mística
de nuestro final de siglo?