VALLE-INCLÁN A TRAVÉS DE...
 
 

GAZIEL [1]
«Aquel Madrid tibetano (diciembre 1908-julio 1909)»
(Taller d'Investigacions Valleinclanianes)


    En la Granja El Henar, de la calle de Alcalá, presidía una peña temible otro don, aunque éste, antes de merecerlo por su obra, que a ninguna otra se parece, ya se lo había atribuido él mismo, con sus humos de hidalgo tocado de rancia nobleza: don Ramón del Valle-Inclán. Tenía todavía negros los largos cabellos, de poeta romántico, y las barbazas de fraile o de capitán de la última guerra carlista. Su tertulia era mordaz e iconoclasta, pendenciera y agresiva; y, mientras la presidía con su ceceo viperino, el gran don Ramón iba publicando, de tarde en tarde, una nueva Sonata, de las cuatro que componen las Memorias del Marqués de Bradomín. Yo me acerqué allí alguna vez, con mucha timidez. Se oían cosas enormes, pero siempre en un castellano de ley, perfecto, flamante, y yo temía que el mío, con sonido quebrado, de moneda falsa, fuera mal recibido y provocase algún chiste. Escuchaba, pues, y no decía gran cosa, perdido entre la comparsería, que era numerosa. Un día vino otro novato como yo, pero que hablaba bastante y trastabillando, porque además era tartamudo. Era un andaluz muy despierto y avispado, recién llegado de su tierra para abrirse paso en la capital. La osadía de aquel novel todavía más joven que yo me admiraba y me infundía coraje. Cuando él haya acabado iba yo pensando, intentarás decir algo que también cause impresión. Y acabó; pero en seguida se levantó diciendo que tenía prisa, saludó a todos y se marchó. Apenas se había alejado de nuestra mesa, Valle-Inclán, pasándose muy suavemente la huesuda mano por las interminables barbas, dijo impasible, pero con dos chispas tras los cristales de las enormes gafas: Éze habla en borrador. Resonó una gran carcajada en torno a la mesa. Yo también me reía, pero ya no osaba decir nada; y creo que, desde aquella tarde, no me acerqué más a la Granja El Henar.
    (A los amigos de comprobar la relatividad de las anécdotas históricas, que en su mayor parte son evidentemente apócrifas o han sido más manipuladas que un cheque falsificado, les gustará saber que, muchos años después, yo mismo oí contar en Madrid, y por diferentes personas, la misma ocurrencia de Valle-Inclán, pero refiriéndola a mi buen amigo Melchor Fernández Almagro, que habría sido, según esa versión, el joven andaluz recién llegado a la capital de España. Puedo asegurar categóricamente que no es cierto, a menos que don Ramón del Valle-Inclán, como tantos otros hombres cáusticos famosos, hubiese dado diversas veces como si fuesen ediciones sucesivas, convenientemente corregidas una misma ingeniosa expresión celebrada por su auditorio de incondicionales.)
 
Tots els camins duen a Roma. Història d'un destí (1893-1914). Memòries [1954], vol. II; M.O.L.C.69, Edicions 62-«la Caixa», Barcelona, 1981, pp. 77-78.


[1] El texto ha sido traducido por el Taller d'Investigacions Valleinclanianes
 
 







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